Desde el aire parece una fortaleza de cemento entre casas de adobe y ladrillo en un remoto y diminuto pueblo perdido en el árido altiplano sur de Bolivia.

Éste, uno de los museos más grandes del país, fue construido por el presidente Evo Morales en su natal Orinoca hace un par de años para honrar a pueblos indígenas, pero ha generado controversias porque tiene todo un piso dedicado a preservar su propio legado y tuvo un costo de siete millones de dólares.

Morales, el primer presidente indígena de la nación más pobre de Sudamérica, nació en 1958 en el seno de una familia de pastores aymara. Saltó a la política desde los combativos sindicatos cocaleros y con casi 14 años en el poder tiene el mandato más largo de la historia de Bolivia. Durante este tiempo logró reducir la pobreza y modernizar al país, pero también se vio salpicado por escándalos de corrupción, acusaciones de abuso de poder y presunta megalomanía.

El mandatario de 59 años buscará un cuarto mandato en los comicios del próximo mes en medio de una reñida campaña electoral y un bajón en su popularidad.

Salga o no del poder, el Museo de la Revolución Democrática y Cultural de Orinoca conservará su propia visión de su gestión. “Somos hijos de grandes guerreros y este museo es el patrimonio de los lucharon por la liberación de nuestro pueblo”, declaró Morales cuando inauguró la obra en febrero de 2017.

En contraste, hay quienes apuntan a mirar el sitio con un sentido crítico. “Este museo busca construir un mito en torno a Morales al mostrarlo como un líder mesiánico, pero es el mejor ejemplo del manejo discrecional de los recursos del Estado”, comentó  el analista político, Carlos Cordero.

El museo tiene  mil 523 metros construidos en tres bloques y más de una docena de salas. Aunque dice conservar el pasado indígena, posee muy pocas piezas de culturas prehispánicas. La mayoría son réplicas y entre ellas hay figuras de cerámica, maquetas y pinturas que narran desde los primeros asentamientos humanos en los Andes hace 15 mil años, hasta el nacimiento del estado de Tiwanaku y el posterior surgimiento del Imperio Inca.

En cuanto a las salas virtuales, tienen un gran valor didáctico y permiten aprender sobre la riqueza de las culturas andinas y el mestizaje que surgió con la invasión de los colonizadores españoles a fines del siglo XV.

Curiosamente, durante el recorrido los visitantes no sólo centran su mirada en el pasado, sino en los centenares de regalos que el mandatario ha recibido en sus viajes por el mundo y que fueron donados al museo, entre ellos la camiseta de Lionel Messi con la selección argentina, un balón autografiado del Chelsea y títulos honoris causa.

Según los responsables del museo, la mezcla de objetos permite rememorar la historia del país, pero también el “proceso de cambio” que lidera Morales.

En una pared, un cuadro cronológico narra, desde la visión oficialista, las rebeliones indígenas desde la primera que encabezó el aymara Tupaj Katari en 1781, hasta 2005 cuando “un proceso de empoderamiento de los movimientos indígenas llevó a Evo Morales” a convertirse en el “primer presidente indígena”.

“Los indígenas han venido liberándose desde la colonia y no por obra de nadie en particular”, agregó el analista Cordero.

“Todos dicen que es el museo de Evo y no es así. Es un reconocimiento a Evo, pero es mucho más. Están los 36 pueblos indígenas y la historia del país”, alega Mercedes Bernabé, encargada del repositorio.

“Hay gente que quiere defenestrar esta obra. El museo no solo recupera la historia; buscan también fomentar el turismo comunitario”, declaró antes la ministra de Culturas, Wilma Alanoca.

En las salas dedicadas a Morales está una estatua en tamaño natural del mandatario, retratos y una galería de fotos de cuando era un niño pastor, recluta, músico de bandas, líder de los cocaleros en las luchas por legalizar la coca en el Chapare y diputado hasta su primer juramento como presidente en una ceremonia simbólica en las ruinas arqueológicas de Tiwanaku.

También exhibe réplicas de adelantos tecnológicos que su gobierno impulsó, 44 títulos de reconocimiento que diversas universidades del mundo le han dado y fotos con líderes como Fidel Castro.

Sin embargo, Orinoca muestra otra cara: en este pueblo de agricultores y pastores de llamas de menos de mil habitantes la pobreza aflora en sus calles sin empedrar y en las casas de adobe. Sólo unas pocas calles están adoquinadas y según el último censo de 2012, de las 243 registradas entonces, sólo 77 contaban con agua potable y 12 con alcantarillado.

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