La emergencia sanitaria a consecuencia del COVID-19 ha revelado la dificultad que padecen alrededor de 3 mil millones de personas en el mundo para acceder a este líquido vital, cuya escasez se agrava cada día debido a la crisis climática.

De acuerdo con el último Informe Mundial de Desarrollo de Aguas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en el planeta 2.2 millones de personas actualmente no tienen acceso a agua potable y 4.2 mil millones de la población total carecen de servicios sanitarios administrados de manera segura.

En México, el panorama no es diferente, pues 10.5 millones de familias carecen a diario de este líquido vital, lo que significa que una de cada tres casas registradas en el país no recibe agua todos los días.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), el 25 por ciento de la población del país (8 millones 411 mil 920 personas) obtiene este recurso cada tercer día, una o dos veces por semana o de vez en cuando, mientras que el 7 por ciento restante (2 millones 085 mil 208 personas) debe conseguirla de otras casas, llaves públicas, pozos, ríos, lagos o mediante pipas.

A esta situación se suma el latente riesgo de contagio por COVID-19 que, hasta la fecha, suma mil 890 casos confirmados y cuya tendencia va en aumento.

La imagen de la gente esperando por una pipa de agua con la que habrá de llevar agua hasta su hogares es un reflejo que se repite por toda Latinoamérica, Oriente Medio y el Norte de África, estas últimas las más afectadas por la escasez.

Apenas, hace un mes, el Servicio Autónomo Nacional de Acueductos y Alcantarillados de Honduras anunció que aumentaría de siete a nueve días la distribución de agua en aquel país, habitado por 1.5 millones de personas, debido a la escasez y a la falta de lluvias en la zona para rellenar los depósitos nacionales.

Sin embargo, en algunas de las ciudades hondureñas como Choluteca, donde el racionamiento de agua se ha extendido hasta por 20 días, debido a la reducción del caudal en el Río Grande, por lo que se ha tenido que destruir las bordas de empresas agroindustriales a fin de garantizar el suministro a las personas ante la emergencia.

Lo mismo ocurre en Perú, uno de los 20 países más favorecidos del mundo en cuanto a recursos hídricos, pero en el que ocho millones de personas no cuenta con agua potable, debido a la falta de infraestructura para su distribución.

En Chile, 400 mil familias dependen de una pipa para lavarse las manos pues no cuentan con acceso garantizado al agua y dependen de pipas para ser abastecidas del vital líquido.

Además, la actual emergencia sanitaria obliga a cada chileno a sumar a su gasto diario de agua el equivalente a una ducha de cinco minutos, es decir, de 60 a 80 litros extras en al menos 147 comunas que se encuentran en crisis hídrica.

La situación se agrava cuando el agua no puede ser garantizada para realizar servicios esenciales y de primera necesidad, como son los de salud pública y alimentación.

El agua, un derecho para todos

Ante esta situación, un grupo de expertos de la ONU ha advertido que la lucha mundial contra la pandemia tiene pocas posibilidades de éxito si la higiene personal, considerada la medida principal para prevenir el contagio, no está al alcance de todos.

"Dado que lavarse las manos con jabón y agua limpia es vital en la lucha contra el COVID-19, los gobiernos de todo el mundo deben proporcionar un acceso continuo a suficiente agua a las poblaciones que viven en las condiciones más vulnerables", solicitaron los especialistas.

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