Llevamos más de cuarenta, luego se agregaron 15 y otros 15 más y así los días suman atravesando una pandemia. Uuuff…¡qué emocionante!. Pensé en esas relaciones rotas a las que el confinamiento les partió hasta “la costumbre”.

En medio de ésta crisis sanitaria, también las vi a ellas, en crisis no sólo salubre, sino económica, anímica, emocional. Mejor afuera que adentro. Cierto, se multiplicaron las tareas en casa pero el fastidio marital carcome aún más que el miedo al bicho y al contagio.

No dejo de pensar en ellas, “atrapadas” con el hastío. Vaya desafío el que supuso habitar 24/7 en esta nueva modalidad de vida que impone la situación sanitaria mundial. Muchos quehaceres, pilas de trastes sucios, el ocio de los chamacos y la enorme carga del segundo, tercero o del cuarto hijo: ese infante con finta de adulto que detrás de esa puerta que grita “hogar dulce hogar”, dicen que se llama esposo, marido, cónyuge o… camisa de fuerza, en algunos casos.

A muchas “esposas” les vino como avalancha la cuarentena y extendida es ya un suplicio. Pienso en los escenarios de esas parejas acostumbradas a vivir de las apariencias. Las he leído maldiciendo el mal llamado home office, pidiendo auxilio en las redes, texteando que ya no aguantan al marido, de otras me consta y los gritos de la vecina me lo confirman.

Viven juntos, se ven juntos, posan juntos pero aliados no eran y mucho menos amados. Aislados de por sí ya estaban, no sólo en la calle, bajo el mismo techo. Habituaron el distanciamiento pero antes la “normalidad” del día a día hacía de la simulación algo más rentable, tolerable, llevable, unas horas soportable.

Aprendieron a habitar con el desquicio, desfilan con esa estampa serena por que aprendieron a romantizar a la familia y a investir de poder al matrimonio. Sí, siento que hasta les admiro.

Fácil no es, qué aguante. Ellas, casi al borde de la huída, sosteniendo pa’ la foto, pa’ que no pregunten más. Resisten y permanecen por el qué dirán, por el no soltar los bienes, la camioneta, la casa, por no dejárselo "a esa" a "la otra" por los votos ante la cruz, por el miedo a la soledad, porque peor es nada, porque seguiría el infierno, porque quién las va a querer con hijos, porque el para siempre y porque hasta que la muerte los separe.

Son muertos y separados pero en la vida, sabido es, que el hogar no siempre es un campo de rosas. Domamos la frustración con el autoengaño. Usamos la dosis que ofrece el “amor” y los hijos. Eso, y el "sueño" de una familia, sirven para dopar la neurosis que abraza el estereotipo de la buena mujer, madre y esposa.

Qué romántico o heróico, usted elija. Algunas noticias sobre las consecuencias del confinamiento masivo no han sido halagüeñas para muchas parejas. En algunas ciudades se ha registrado un récord de demandas de divorcio debido al aislamiento forzado por coronavirus.

Aún sonríen, llevan tiempo entrenando, pero su voz agoniza, su tono es de enfado, de agotamiento, de tedio, de inapetencia. El trabajo “invisible” las ha puesto cansadas, su tono es gris con todo y su maquillaje.

No hay base que disimule su infelicidad, por que las parejas cuando no se aman, se toleran. En casa y en medio de ésta pandemia, lo invisible se volvió visible. Se espera de las mujeres y de las madres que lo puedan todo, que puedan con todo y también, que puedan con todos. El confinamiento ha triplicado la carga. Ahora además del guiso, la barrida, la trapeada, la lavada y la planchada, habrá que entretener chamacos, darles clases y cuidar no sólo de los críos, sino ahora de ese niño que aunque creció, no ha podido hacerse cargo de sí mismo.

Ellas con nocturnidad encuentran pausa. Buscan un espacio para encontrar algo de paz. No hay baño, ni cuarto que libre de los niños pidiendo más y en estos tiempos donde todo lo millenial triunfa, el chat, las redes, le whatsapp y Netflix se han postulado como una actividad tipo terapia; un respiro.

Siri se ha convertido en lo más parecido a un buen amante para conversar a las dos de la madrugada. Sí, que mal la estarán pasando.