La muerte esta semana de Juan de Dios Castro Lozano, político panista que fue cuatro veces diputado y una ocasión senador, además de que ocupó otros cargos, inevitablemente lleva a la nostalgia por los grandes parlamentarios que ha tenido México y que, de manera especial, con el presidencialismo absoluto de la Cuarta Transformación (4T), vienen desapareciendo.

Hoy el Congreso de la Unión es cada vez menos el espacio de debate y genuina discrepancia con el sistema hegemónico en turno, por la sumisión que hay actualmente desde todas las bancadas, especialmente la oficialista, que nada hace ni nada dice, frente a la batuta, también legislativa, que tiene el Poder Ejecutivo.

El panista Juan de Dios Castro, apodado como “Juan del Diablo”, por su intensidad en tribuna, en donde era un torbellino, falleció víctima de Covid-19 el 24 de noviembre, aunque hacía al menos dos décadas que padecía una grave diabetes.

Comenzó su carrera legislativa en 1979, cuando por primera vez fue diputado federal plurinominal y la concluyó en 2005, cuando por última vez ocupó un curul.

En el primer año de la LIX Legislatura (2003-2005) fue el presidente de la Mesa Directiva y, aunque poco, todavía nos obsequió a los amantes de la crónica parlamentaria, algunas notables participaciones en tribuna.

Sobra decir que fue uno de los pocos ideólogos contemporáneos sólidos del Partido Acción Nacional (PAN), que desde el foxismo diluyó sus principios y pervirtió su esencia humanista.

Seguramente Juan de Dios Castro Lozano fue un hombre lleno de cualidades y de yerros por su condición humana, pero su madera como parlamentario es de añoranza hoy que el Congreso de la Unión, especialmente la Cámara de Diputados ha claudicado en sus facultades.

En la actual LXIV Legislatura se avala ciento por ciento de lo que, desde Palacio Nacional, envía Andrés Manuel López Obrador, con prontitud inusitada y sin, casi, cambiarle ni una coma a las iniciativas presidenciales.

Apenas 37.8 por ciento de lo que se aprueba viene de algún diputado o diputada, de cualquier partido.

Con la muerte de “Juan del Diablo” -apodo cariñoso que, a él mismo, cuentan sus cercanos, le gustaba-, pareciera extinguirse también una estirpe de parlamentarios de cualidades especiales, pues junto con la oratoria, muchos, lo mismo hombres que mujeres, tuvieron o tienen profundo conocimiento de la técnica jurídica y legislativa, son notables negociadores y son personajes de excepción.

En la izquierda está el líder histórico del movimiento estudiantil de 1968, Pablo Gómez Álvarez, hoy tan silencioso y tan instalado en el oficialismo, desde la bancada del Movimiento Regeneración Nacional (Moena), pero que en otras legislaturas fue un gran parlamentario.

Por supuesto, Porfirio Alejandro Muñoz Ledo y Lazo de la Vega, hoy especialmente autocrítico con su partido.

En sus oportunidades como diputado federal en la LVIII Legislatura (2000-2003) y luego como senador, entre 2012 y 2018, el hoy gobernador de Puebla, Luis Miguel Barbosa Huerta, imprimió pinceladas notables a sus ejercicios.

Una mujer destacada, se pueda coincidir o no con sus manifestaciones a veces estridentes, ha sido también María de los Dolores Padierna Luna.

En el Partido Revolucionario Institucional (PRI) también se puede contar a Manlio Fabio Beltrones Rivera, Jorge Carlos Ramírez Marín, Beatriz Elena Paredes Rangel y la hoy presidenta de San Lázaro, Dulce María Sauri Riancho.

De los panistas, otros destacados ex legisladores son el ex habitante de Los Pinos, Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, y Diego Fernández de Cevallos Ramos.

Desde la llegada del lopezobradorismo, mucho más que con el priato contemporáneo y el panismo, se ha diluido la frágil línea de la división de poderes.

Los tribunos y parlamentarios intensos y con calidad argumentativa se están acabando.
Eso es una muy mala noticia para la República.