Escuchamos frecuentemente que alguien está ansioso y entonces pensamos que vivir con ansiedad es eso, estar nervioso o preocupado y que debe haber un motivo para estarlo y si no lo hay, no debiera sentirse ansiedad pero la realidad es muy distinta.

Vivir con un trastorno de ansiedad generalizada, no es estar nervioso, es despertar cada día con un monstruo que te acecha a cada paso y que puede o no atacarte, porque lo hace sin razón y puede ocurrir cuando estás en medio de una junta o cuando estás eligiendo un cereal en el súper o puede simplemente observarte a la lejos, amenazante pero sin atacar y te mueves con sigilo para no atraer su atención, pero no funciona porque no responde a provocaciones, te ataca porque sí.

En la desesperación de prevenir un nuevo ataque, tratas de analizar cada paso que diste cuando ocurrió y evitar todo aquello que estuvo presente en ése momento, como el súper donde estabas eligiendo el cereal o el lugar que habías ocupado en la junta, pero no deja de acecharte y a pesar de estar haciendo todo distinto, sin previo aviso de ataca en medio de la noche y te hace despertar bañado en sudor, con el corazón latiendo tan fuerte que parece que se te va a salir y notas que no puedes respirar, que sudas copiosamente, pero a las vez, tus manos están heladas y nada más levantarte de la cama, te provoca mareo y náuseas, pero sabes que se pondrá peor y el miedo te invade y aunque llores, no hay marcha atrás.

Todo se pone peor y por un momento sientes que vas a morir, tratas de aferrarte a algo o alguien pero no puedes controlarte y lloras, luchas por respirar, tratas de pensar que no estás en peligro realmente pero ése monstruo te dice que sí y llegas a un punto donde no logras ya identificar ni lo que sientes, porque perdiste el control de tu mente y te desconectaste un momento de tu cuerpo.

Entonces te das cuenta que estás de regreso, exhausto como si hubieras luchado a muerte con ése monstruo, que casi te vence, tratas de recuperar la conciencia y el mismo cansancio te logra vencer y te tranquilizas, más por el agotamiento que porque te sientas en calma y entonces intentas dormir.

A veces el cansancio te vence y lo consigues, otras veces te quedas la noche entera temiendo que te ataque de nuevo, pero sólo se queda observándote. Llega la luz del día y vuelves a enfrentarte a la alerta constante, porque el monstruo no te da tregua. No importa si te trata de estar en casa, manejando o en el trabajo, sabes que te observa y te puede atacar y por eso no logras tener paz.

Por eso no sirve que te digan que te relajes, porque sabes que te acecha, porque has sufrido tantas veces sus ataques, que cada vez tienes más miedo y eso hace que estés distraído, que estés irritable, que no puedas dormir o siquiera distraerte, pero eso es difícil de entender para quienes nunca han visto a ése monstruo e incluso llegan a dudar que exista y es entendible, espero que no tengan que conocerlo.

Por eso, cuando logras que te dé alguna tregua, no te confías porque sabes que volverá. Con el tiempo el monstruo no se cansa y te das cuenta de que no se irá.

Entiendes que tendrás que vivir con él, que tendrás que aprender a adelantarte a sus pasos, que debes ser tú quien lo observe a él.

Entonces recuperas poco a poco el control y le demuestras que eres tú quien manda y comienzas a observarlo, empiezas a identificar sus primeros pasos y llega el momento en que puedes marcarle un freno, que logras decirle que no controlará ya tu vida.

Empiezas a armarte contra él, a través del ejercicio, de la alimentación, de la meditación, de ejercicios que logren conectar tu mente y tu cuerpo.

La clave es poder conectar con tu presente, con tu realidad, pues el monstruo se alimenta de tu miedo al futuro pero en el presente, eres más fuerte.

Un día te das cuenta que te no puede dañar, que se ha hecho pequeño, que si bien no ha querido irse, se ha quedado en un rincón desde donde te observa pero ya no resulta tan atemorizante, porque ya puedes hacerle frente.

Entonces te das cuenta que recuperas el control de la situación, vuelves a disfrutar y te reconoces más fuerte después de tantas batallas, por fin vuelves a ser el dueño de tu vida. Si tienes cerca de ti a alguien que padece algún trastorno de ansiedad, no le digas que se relaje, en verdad que lo intentamos pero ése monstruo no se doma con tanta facilidad.

Mejor mantente a su lado y trata de comprender su lucha interna, pues cuando éste listo, te dirá como puedes ayudarlo.

Espero que este testimonio les haya sido de utilidad para comprender un trastorno que cada vez es más frecuente, pero que sigue siendo desconocido. ¡Hasta pronto! Nos leeremos nuevamente desde el diván.