Cuando hablamos de salud, nos referimos a un estado de equilibrio en todas las esferas del ser humano y sabemos que las emociones repercuten directamente en la misma. Fue Ibn Sina (Avicena) el llamado príncipe de los médicos, quien se dio cuenta de la influencia que ejercen las emociones en la salud, al interrogar a su paciente mientras le tomaba el pulso y ver cómo se alteraba dependiendo del tema abordado.

Fue así que se sentaron las bases para entender las enfermedades psicosomáticas y hasta el día de hoy seguimos conscientes de su relación, pero hoy quisiera hablarles sobre el intestino, llamado nuestro segundo cerebro y su influencia en la salud mental.

¿Alguna vez has hecho un “entripado” o sentido mariposas en el estómago?

Déjame decirte que no es metafórico, pues las emociones realmente se reflejan en las “tripas” y la causa de ello es el eje cerebro-intestino. Desde hace ya mucho tiempo se ha identificado éste eje que abarca la microbiota, el sistema nervioso entérico, el sistema nervioso autónomo, el sistema neuroendocrino, el sistema neuroinmune y el sistema nervioso central. El sistema nervioso entérico se encarga del funcionamiento básico gastrointestinal y cuenta con más de 500 millones de neuronas.

Éste complejo eje conforma un sistema de comunicación neurohumoral bidireccional y se ha visto que el estrés o ciertas emociones pueden causar inflamación intestinal pero si es bidireccional ¿qué efectos causa el intestino en el cerebro?

Ahí es donde se pone interesante, pues al entender que el eje funciona en dos vías, empezamos a cuestionarnos si los problemas intestinales pueden tener una repercusión directa en nuestro cerebro y la respuesta es que sí. Recientes investigaciones realizadas en el Instituto de Microbioma de la University College Cork (Irlanda) han arrojado resultados muy interesantes, gracias al trabajo del neurocientífico John Cryan, que ha criado en cámaras de aislamiento colonias enteras de ratones ‘germ free’, que como su nombre indica, están libres de gérmenes, lo cual implica que tampoco tienen bacterias intestinales y han estudiado su comportamiento, su actitud, e incluso sus estados de ánimo.

Han podido ver que los ratones sin microbiota se aíslan, no tienen la capacidad de reconocer a otros ratones con los que interactuar. También ven en ellos una cierta propensión al estrés, a la ansiedad, a la depresión. En ésta misma investigación, participa el profesor de psiquiatría Ted Dinan, que pasará a la historia como el científico que acuñó y definió el concepto de ‘psicobiótico’: se trataría de ‘un organismo vivo que, cuando se ingiere en cantidades adecuadas, produce un beneficio para la salud mental’, algo así como un probiótico para el cerebro.

Podemos pensar que esto sólo les pasa a los ratones, pero no. La investigación ya ha dado el paso a los humanos, acaba de publicarse en 'Nature Microbiology' y corrobora la relación entre las bacterias intestinales y el estado de ánimo. El estudio, realizado en la Universidad de Lovaina, ha tomado una muestra de más de mil personas y ha estudiado cómo las características de sus microbiotas se correlacionaban con su calidad de vida y la depresión. Esta investigación supone un gran paso para el tratamiento futuro de trastornos del estado de ánimo, pues podríamos estar frente a una nueva alternativa de tratamiento para la depresión y la ansiedad.

Para la Psicología, es una gran noticia pues ha trabajado de la mano de diversos recursos para la mejora de los trastornos ansiosos y depresivos, como lo han sido los productos naturales con sustancias psicoactivas que luego se sintetizaron en laboratorios y quizás ahora estemos ante el inicio del desarrollo de psicobióticos específicos para cada trastorno, que puedan representar una verdadera alternativa a los psicofármacos.

Mientras tanto, podemos comprobar que al cambiar nuestra alimentación, el estado de ánimo mejora. Podemos empezar por evitar alimentos muy procesados, azúcares refinados y optar por alimentos frescos, así como incluir de forma natural psicobióticos, como los que se encuentran en el yogur y el kefir. Sé que es sumamente simplista pensar que con yogur podemos mejorar una depresión, pero se ha observado que los psicobióticos influyen en una mayor producción de serotonina y una disminución del cortisol (hormona del estrés). Es muy probable que la mejora de nuestro estado de ánimo se encuentre en nuestro refrigerador.

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¡Hasta pronto! Nos leeremos nuevamente desde el diván.