Como a muchos de nosotros, a la escritora Susan Orlean le cuesta concentrarse en estos días. “Buenos días a todos”, tuiteó recientemente, “pero especialmente a la frase que acabo de reescribir por décima vez”.

“Me siento como en arenas movedizas”, dijo por teléfono desde California, donde ha estado en una especie de arresto domiciliario durante el último año. “Estoy muy agotada todo el tiempo. Hago mucho menos de lo que hago normalmente —no viajo, no me entretengo, solo me siento delante de la computadora— pero logro hacer mucho menos. Es una dinámica completamente nueva. Tengo más tiempo y menos obligaciones, pero hago mucho menos”.

Podemos llamarla crisis pandémica de productividad, de voluntad, de entusiasmo, de propósito, o un ataque de hastío existencial relacionado con el trabajo, provocado en parte por la constatación de que sentarse en la misma silla, en la misma habitación, mirando la misma computadora durante doce meses seguidos (¡y contando!) ha hecho que muchos nos sintamos como zombis, aproximaciones poco inteligentes de nuestras antiguas versiones productivas.

¿Qué hora es? ¿Qué día es? ¿Qué hemos hecho en octubre? ¿Por qué estamos delante del refrigerador mirando un viejo diente de ajo? Hace poco me pasé media hora luchando para recordar una palabra del defectuoso sistema de memoria que ha sustituido a mi cerebro prepandémico. A veces, cuando intento escribir un simple correo electrónico, siento que solo estoy hilando palabras inconexas, como guisantes en un plato, con la esperanza de que acaben formando frases. ¿Estoy entusiasmada con mi trabajo diario en este mes de abril de 2021? Debo decir que no.

“El malestar, el agotamiento, la depresión y el estrés han aumentado considerablemente”, afirmó Todd Katz, vicepresidente ejecutivo y responsable de prestaciones colectivas de MetLife. El estudio más reciente de la compañía sobre las tendencias de las prestaciones a los empleados, realizado en diciembre y enero, reveló que los trabajadores en general se sentían notablemente peor que el pasado mes de abril.

En parte, la investigación se basó en entrevistas con 2651 empleados. En total, el 34 por ciento de los encuestados declaró sentirse agotado, en comparación con el 27 por ciento del pasado mes de abril. El 22 por ciento dijo estar deprimido, en contraste con el 17 por ciento del pasado abril, y el 37 por ciento dijo sentirse estresado, frente al 34 por ciento.

“La gente dice que es menos productiva, que está menos involucrada, que no se siente tan exitosa”, dijo Katz.

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No es una broma. Por supuesto que, en este año tan malo, hay diversos grados de pérdida: pérdida de hogares, de salud, de ingresos; la muerte de familiares y otros seres queridos; la ausencia de seguridad.

En la más reciente Encuesta del Pulso de los Hogares, realizada por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, el 37 por ciento de los encuestados declaró sentirse ansioso o deprimido (en 2019, la cifra fue del 11 por ciento). Considerando la situación en general, las personas que tienen trabajo son afortunadas. Pero eso no significa que el trabajo sea fácil, o divertido.

“Me siento frita”, dijo Erin H., coordinadora de redes sociales y eventos en una universidad del medio oeste de Estados Unidos, cuyo trabajo solía inspirarla y entusiasmarla, pero actualmente parece un cóctel desagradable de aburrimiento, pavor y agotamiento. (Pidió que no se utilizara su apellido para no molestar a sus empleadores). Tarda más en terminar las cosas, dijo, en parte porque no quiere hacerlas.

“Me he quedado sin ideas y no tengo ninguna motivación para llegar a un punto en el que me sienta inspirada”, escribió en respuesta a un llamado de The New York Times para que la gente describiera sus retos relacionados con el trabajo durante el mes trece de la pandemia. “Cada vez que suena la llegada de un correo a mi bandeja de entrada, siento una sensación de temor”.

Nada de esto es sorprendente, dijo Margaret Wehrenberg, experta en ansiedad y autora del libro Pandemic Anxiety: Fear, Stress, and Loss in Traumatic Times. Un año de incertidumbre, de sentirnos azotados entre la ansiedad y la depresión, de ver cómo se marchitan las predicciones de los expertos y se retrasan los objetivos, ha hecho que muchas personas tengan la sensación de que viven en una especie de niebla, con el mundo coloreado de gris.

“Cuando las personas están sometidas a un largo periodo de estrés crónico e imprevisible, desarrollan anhedonia conductual”, explicó Wehrenberg, es decir, la pérdida de la capacidad de sentir placer en sus actividades. “Y así se vuelven letárgicos, y muestran una falta de interés, y obviamente eso influye muchísimo en la productividad”.

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