Se creería que el panorama actual, de pandemia mundial, crisis económica y social, que se pronostica, será seguida por una marcada crisis emocional como otros grandes sucesos en la historia, sería suficiente para entender el impacto que tienen las circunstancias sobre nuestro bienestar, pero no. Pareciera que lejos de entendernos como seres integrales y sociales, se ha afianzado aún más la idea de la meritocracia, que nos dice que la riqueza o la pobreza, la salud o la enfermedad, el éxito o el fracaso, son tan solo resultado de nosotros mismos y a la que se se suma un nuevo parámetro: la felicidad como una decisión, lo que es lo mismo: que sufrimos porque queremos. Esto no sólo es mentira, sino que es gravísimo porque nos impone una presión enorme no solo para alcanzar la felicidad, sino una enorme culpa cuando no estamos felices, porque entonces seguro algo estamos haciendo mal, nos falta “motivación”, nos falta “mentalidad ganadora” y debemos hacer algo para recobrar la felicidad, para lo que no falta mercancía que va desde tazas con mensajes positivos, hasta aplicaciones para el celular que previo cargo a alguna tarjeta de crédito, a través de mindfulness y técnicas de relajación, prometen devolvernos a nuestro estado “ideal” de “felicidad”.

El problema no es la búsqueda de la felicidad, sino que radica en el concepto edulcorado que tenemos actualmente de ella, porque se vuelve irreal, pues se nos vende la idea de que la felicidad es un estado que debemos mantener permanente a través de la correcta motivación, emociones positivas, pensamientos que “vibren” alto, para que el universo los regrese en forma de abundancia, resiliencia entendida como no dejarnos afectar por los problemas, pues en cada uno de ellos se encuentra un aprendizaje valioso y el aferrarnos al sufrimiento es una elección. En suma, la felicidad se nos vende como si fuera una publicación de Instagram, donde todo luce perfecto, donde no hay cabida para lo que se ha etiquetado como “negativo” y es resultado única y exclusivamente de nosotros. No podemos estar más equivocados.

La felicidad no es un estado permanente, no es excluyente del dolor, la tristeza o el miedo, pues en cuestión de emociones es imposible clasificarlas como “positivas” o “negativas” porque todas nos son necesarias para entender el mundo, porque sólo conociendo los opuestos, podemos tener equilibrio que sería el principio de la verdadera felicidad. En la vivencia humana, no podemos apartar el dolor, que deriva de las circunstancias que vivimos, pues si bien es cierto que encierran un gran aprendizaje, no podemos acceder a él, sin haber experimentado la tristeza que lo rodea, como en la muerte de un ser querido, donde el dolor nos acompaña durante la adaptación a la ausencia. La felicidad sería más justo entenderla como el uso de las herramientas necesarias para enfrentar las circunstancias que estamos viviendo, como un momento de enojo que no puede tan sólo cubrirse con pensamientos alegres, sino que pudiera ser manejado experimentando el enojo como una señal para poner límites y luego de sentirlo, entenderlo y ponerlos de manera adecuada, regresar a la calma, sabiéndonos capaces de enfrentar una situación así.

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Tenemos que normalizar los estados que estamos considerando negativos, como la tristeza, el miedo, el enojo o el sufrimiento, pues cada uno de ellos también cumple con una función de adaptación o movilización emocional. Dejemos de pretender que el sufrimiento es para los débiles o que la enfermedad es tan solo el resultado de los pensamientos negativos que tenemos, dejemos de decir que los enfermos “perdieron” la batalla, como si se hubieran rendido, como si les hubiera faltado motivación o decisión, entendamos que nuestros cuerpos también se deterioran y que la muerte no es un fracaso, sino que es parte del ciclo natural de la vida. Asumamos entonces que el sufrimiento no es malo, que podemos sentirnos tristes, enojados, con miedo y eso no va a afectar nuestra capacidad de volver a sentir alegría, que la vida se experimenta desde los distintos polos, que en sí mismos, tampoco son excluyentes. No caigamos en la trampa de la felicidad falsa que se vuelve permanente porque se puede comprar o conseguir a través de recetas mágicas, pues la vida y su plenitud se encuentran en la experiencia total, en el aprendizaje consciente pero también en el día a día, a través de todas las emociones que nos movilizan, del contacto con los otros y de las circunstancias que estamos viviendo.

Espero que lo anterior les haya sido de interés y que no dejemos que la mercadotecnia de la felicidad nos convenza de que no hacemos lo suficiente.

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