La palabra diversa no podría describir mejor a Tania Ávila Luna, abogada transfeminista con discapacidad motriz, que al ponerse de pie y sonreír demuestra que cualquier meta se alcanza si se insiste todos los días. El próximo 29 de marzo cumplirá 31 años y ya está estudiando su segunda carrera, trabajo social en la UNAM en modalidad semipresencial, además, realiza un programa de radio por internet, baila, corre y asiste a fiestas, como cualquier mujer de su edad.

Tania reconoce que es largo el camino para que sea reconocida legalmente de acuerdo a su identidad de género autopercibida, pero no duda que cambiará su acta de nacimiento, en donde está escrito Víctor Manuel Ávila Luna, nombre con el que se tituló como Licenciado en Derecho por la BUAP y con el que fue registrado como candidato a diputado federal por el extinto partido Redes Sociales Progresistas.

“Soy una mujer, así me siento por dentro. Desde pequeña me identifiqué con las niñas, eran más dulces y amables conmigo. No me gustaban las conversaciones de los chicos y como se referían a las mujeres. Cuando tenía 15 años quería mi fiesta, con mi vestido, pero nunca me atreví a decirlo, pero a los 30 años me dije: es momento de decir quién soy”.

El 5 de marzo del 2022, Tania viajó a la Ciudad de México acompañando a la colectiva política-feminista “La Natalias Serdán” que encabeza Mayte Rivera, para participar en el Encuentro Nacional de Mujeres por la Cuarta Transformación, en donde miles gritaron “¡Alerta! ¡Alerta! ¡México tendrá presidenta!”, en apoyo a la jefa de gobierno, Claudia Sheinbuam.



Tania es integrante de la Asociación Para la Pluralidad Sexual y Derechos Humanos (APPS), de la Red Nacional Feminista y del Frente Amplio de las Circulas de Estudio, en donde se capacita para lograr representar genuinamente a la comunidad trans y a las personas con discapacidad; así se lo manifestó a María Clemente García, primera legisladora federal trans en México por Morena, a quien conoció en el encuentro.

La activista poblana es la segunda de cinco hermanos oriundos de la comunidad indígena de San Lucas Ahuatempan, perteneciente al municipio de Huatlatlauca, ubicado en la región mixteca. Ahí la principal actividad económica es la agricultura, más de la tercera parte de la población es analfabeta y los nacimientos se dan con parteras.

Contó que al nacer no respiró de manera inmediata debido a que el parto se había pasado de tiempo, por ello sufrió una parálisis cerebral que le afectó la motricidad. Aunque sus padres procuraron darle una vida normal, no la aceptaron en una escuela hasta los 11 años.

Recordó que su papá le enseñó a leer y escribir en cartón de cajas, que suplían un pizarrón, pero que, tras un episodio de depresión por falta de interacción con otros niños de su edad, fue recibida como oyente en una primaria en la colonia Clavijero, en la ciudad de Puebla, a donde se trasladó su familia para darle una mejor oportunidad de vida.

“Me sentaba en un rincón y solo escuchaba. Me costaba mucho trabajo hablar y cuando lo hacía no me entendían, pero no dejé de asistir. Así hice la secundaria y la preparatoria. Me decían que no iba a poder estudiar la universidad y mucho menos trabajar, que mejor pidiera limosna en la calle y así me darían más dinero. Ahora voy a los juzgados, ya tengo mis primeros casos. Quizás sí tendría más dinero pidiendo limosna, pero quise demostrar que podía llevar una vida normal”.

Mientras comemos unos tacos de carnitas en un restaurante ubicado a una calle del Monumento a la Revolución en la Ciudad de México, Tania me contó que está acostumbrada a que las personas se le queden mirando, la mayoría con sorpresa, pero dijo que prefiere que la observen a estar oculta o en silencio.

“Las personas con discapacidad son escondidas como si fueran objetos, no los sacan a la luz. Estoy orgullosa de estar aquí y de llegar con mis propios pies. Fui candidato porque me lo propuse, nadie llegó a tocar a mi puerta. Me postulé porque quería ser diputado local, pero me enlistaron como plurinominal. Algún día lo haré como mujer”.

La única tristeza que Tania aloja en su mirada, es saber que quizás su familia no la acompañe en su segunda lucha, su transición física para convertirse en mujer, porque de corazón, ya lo es. Su primera lucha, la de la discapacidad ya la ganó. No depende de nadie para trasladarse a donde a le dé la gana.

Después de comer caminamos y nos tomamos fotografías con nuestro pañuelo verde. Hablamos del feminismo, del real, del que impulsa la izquierda progresista, del que incluye a la comunidad trans. Ese feminismo en el que no es necesario tener vulva para comprender los pensamientos y sentimientos de una mujer.

Tania y yo fuimos felices, platicamos de nuestros leggins, de nuestras tangas fluorescentes, de labiales indelebles, de condones de colores, de hombres que saben amarnos bien. Suspiramos y juramos regresar juntas al mirador del Monumento a la Revolución.

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